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El primogénito
Aldo Roque Difilippo
Gutenberg Díaz venía soportando desde hacía casi nueve meses el tremendo peso de una interrogante: cómo sería su hijo.
Nunca pensó que algo tan simple, algo tan animal en su sentido más llano, podría carcomerle el pensamiento. Se pasaba casi todo el día sumido en esa imagen borrosa, en ese punto que latía en la pantalla del ecógrafo cuando acompañó a su mujer en su primera visita al médico, en ese puntito latiendo que fue combando a su compañera y que hacía crecer su interrogante. Quería imaginárselo de pies a cabeza, pataleando en una cuna, o berrincheando por las noches, pero el rostro del pequeño, sus rasgos, su sonrisa, el arco de las cejas, seguían hundidos en un misterio que no lograba desentrañar.
Desde hacía casi nueve meses su mujer seguía con sus tejidos que terminaban en una vestimenta diminuta, pequeñísima para sus manos torpes y callosas, y él seguía en ese rompecabezas de rasgos y formas que nunca encajaban.
Cuando caminaba rumbo a su casa, después del trabajo, escrutaba en el rostro de las madres y sus hijos que jugaban en la plaza, buscando claves para formar el rostro de su hijo.
Predominaban los ojos de la madre, el ceño o la nariz del padre, a veces la boca o las orejas, pero la combinación era tan variada y confusa que terminaba por agobiarlo. Cualquier niño tomado al azar guardaba algo de la mujer o el hombre que caminaba a su lado, o que lo cargaba en brazos. Era como que la naturaleza jugara a los dados en esa selección, que carecía de un patrón, y eso no hacía más que acuciarlo con interrogantes sin respuestas.
Descartó algunos aspectos, seleccionó otros al azar y concluyó que cuatro o cinco puntos primarían en el rostro del corazoncito que latía incesantemente dentro de su mujer. Primarían los labios de la madre, y el arco de las cejas. Llegó a esa conclusión cotejando fotografías de la familia de su mujer. De él, quizá heredaría los ojos, los pómulos, y poca cosa más. Quizá algunos rasgos de su sonrisa, pero no mucho más.
De lo que no dudaba era que se trataba de un niño. Su instinto animal se lo decía. Un varoncito, inquieto y que le traería algunos dolores de cabeza y muchas satisfacciones.
La lluvia amainaba sobre el techo de zinc, y el cielo, aunque todavía plomizo, pronosticaba que por la tarde el sol volvería a su fulgor.
El se había levantado temprano, por costumbre, ya que con aquel torrente de agua que estremecía la lata del techo no podía ganarse el jornal, en aquel edificio que lo veía ir y venir de un lado al otro con la carretilla, apilando ladrillos, o alternando en la preparación de mezcla para levantar una pared.
Gutenberg Díaz seguía en su ensimismamiento. La mujer junto a la colección de batitas y peleles, de zapatitos tejidos y el caminar cada vez más lento por el peso del niño. Había confeccionado un par de listas de nombres ya que estaba decidida a encontrar un buen nombre para su hijo. Las niñas a un costado, y a la izquierda los varones. En casi nueve meses llenó de nombres aquel papel.
A él no le convencía ninguno, pero no quería contrariarla para no herir su susceptibilidad, pero rechazaba de plano aquellos nombres foráneos e impersonales.
Su hijo requería un nombre con carácter, no un simple distintivo, sino algo determinante de su personalidad. Su mujer insistía con sus dos columnas en el papel en tanto él seguía buscando un nombre masculino.
Sabía que el nombre no sólo es un rótulo o una marca, es la síntesis de un individuo. El, por ejemplo, no podía llamarse de otra manera. Más de una vez se había imaginado con otro nombre pero le resultaba cursi o simple otro que no fuera Gutenberg, y finalizó concluyendo: su hijo sería varón y se llamaría Leoter Adán. Un rótulo firme y con carácter.
Adán por su condición de primogénito de una estirpe que intuía prolífica. En tanto el Leoter para recordarle que venía de Leopoldo y Teresa, sus abuelos paternos que no conoció.
Se puso la camisa, y sin decirle nada a su mujer, salió rumbo al juzgado.
- Vengo a inscribir a mi hijo -dijo al hombre que lo vio ingresar con la libreta en la mano.
- ¿Cuándo nació el chico?
- Nacerá el 14 de noviembre.
El empleado lo miró asombrado. Faltaba más de un mes para esa fecha.
Gutenberg Díaz debió explicarle su determinación, para concluir casi con un reproche: -Si hay quienes anotan a sus hijos después de mucho tiempo de haber nacido no veo cual es el impedimento. Mi hijo nacerá el 14 de noviembre y se llamará Leoter Adán.
Fue en vano que el hombre le explicara, Gutenberg Díaz no entendía razones y llegó a amenazar con atrincherarse en el Juzgado si era necesario con tal de que su mujer no lo inscribiera con un nombre ridículo y hueco. El empleado se cruzó de brazos y con una actitud despectiva le dijo que hiciera lo que quisiera pero que él no movería un dedo.
Armó tal alboroto que en pocos minutos una nube de curiosos se aglomeró en las puertas del juzgado, hasta que llegó una patrulla policial. Fue necesario que los dos policías corpulentos que ingresaron corriendo al juzgado lo tomaran por la fuerza, y con todo les dio bastante trabajo hacerlo subir al patrullero.
Lo procesaron por desacato a la autoridad y por insultar a los empleados del juzgado. Le dieron tres meses de prisión, pena que se prolongó hasta los dos años por los desmanes iniciados dentro de la Cárcel. Lo llamaban el Loco Díaz y a cada cargada de los presos por la niñería que lo había llevado a prisión, Gutenberg arremetía a trompadas y patadas contra todo el mundo.
Cansado de tanta reja y tantas burlas, se resignó, hundiéndose en un silencio inquebrantable.
Era en vano luchar contra el destino, reflexionó al verla jugar en la vereda. Su primogénito nació un 3 de diciembre y la madre la inscribió como Lourdes Aída, el mismo nombre cursi de la protagonista de una telenovela de moda.
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